En nuestro grupo hemos tenido a Moisés como líder que nos ha tratado muy correctamente. nos ha permitido dar nuestra opinión en todo momento, ha intentado que el grupo estuviera lo más cómodo posible haciendo el trabajo y, aunque tenía muy claro el trabajo que teníamos que hacer y actuaba como líder en toda regla, el trabajo ha sido compartido por todos los componentes del grupo incluido él. Al final, y con un poco de presión porque teníamos que trabajar a contrarreloj debido a que debíamos hacerlo en 30 minutos (y eso, en mi caso, me supone un incremento al estrés que ya llevo de por sí este mes y medio), el trabajo ha sido realizado con el mejor clima posible de actuación: el de la colaboración y entendimiento.
La sorpresa ha sido cuando, al llegar Isabel, al cabo de media hora ha empezado a preguntar cómo había ido el trabajo y algunos grupos estaban un poco "mosqueados". La razón ha sido que isabel había encomendado a los diferentes líderes un rol distinto a cada par de ellos: dos eran líderes directivo-pasivos, dos eran líderes autoritarios y dos, como Moisés, líderes democráticos. Y aunque el trabajo ha salido adelante en todos los casos, el ambiente al hacerlo ha sido distinto en cada uno.
Éste es nuestro esquema:
REFLEXIÓN
Todos sabemos que en el mundo siempre han existido, existen y existirán líderes, pero la forma de actuar como tales es muy, muy variada. Sin embargo, la gran mayoría, se dividen en:
- Directivos-pasivos: aquellos que mandan pero que no se implican en el trabajo, con lo cual, el trabajo finalmente sale adelante porque los trabajadores toman la responsabilidad de hacerlo correctamente, trabajando de una forma más o menos autónoma.
- Autoritarios: aquellos que implantan su norma y su ley haciendo que todo el trabajo se realice pero creando, consecuentemente, un mal ambiente de trabajo
- Democráticos: aquellos que, como Moisés, cuentan con sus empleados o compañeros de trabajo como sus colaboradores, atendiendo a sus opiniones y consensuando todo el proceso.
Y estas formas de liderazgo hacen que, aunque el trabajo siempre sale hacia delante, la sensación que nos queda en el interior es distinta. Todos querríamos un líder democrático a la cabeza de la empresa en la cual tenemos que trabajar. Ser escuchados, valorados y tenidos en cuenta es el paraíso en el mundo laboral pero, lamentablemente, eso ocurre pocas veces. Y eso que en mi caso no me puedo quejar: mi jefe siempre fue muy exigente, pero también comprensivo y justo. Él tenía muy claro que cuando el trabajador está contento y cómodo en su trabajo rinde más y mejor. Pero para ello, él también tenía que poner de su parte. Y lo hacía, ¡Y tanto que lo hacía!
Pero esta situación no quita con que, muchas veces, un empleado o colaborador tenga que escuchar alguna vez en su vida el ya tan conocido "Yo no te pago para pensar" y es ahí donde todo cambia: se crea la tensión entre ambas partes y entonces aparece el lado oscuro de cada uno de nosotros. El líder se ratifica en su condición y aprieta más y el subordinado empieza a acordarse y a maldecir el árbol genealógico de la familia de su superior. Y en la actualidad, habiendo dejado de lado la etapa de bienestar, estamos intentando sobrevivir a esta crisis tan opresora, y no nos queda más opción que agachar la cabeza quemando bosques genealógicos en nuestra imaginación.
Tampoco debemos olvidar los casos en los que los de arriba se despreocupan de todo y no sabes cómo dirigir ese barco que tienes en tus manos porque, aunque seamos competentes en nuestra tarea de navegar, no somos capitanes y eso provoca confusión y falta de confianza.
Así que, tengamos el líder que tengamos, y eso es como jugar a la ruleta rusa, intentemos hacer el trabajo lo mejor posible y si en algún momento llegamos a ser alguno de ellos, recordemos nuestro ideal de líder: ese que nos escucha, que nos atiende, que valora lo que decimos y lo que hacemos y que actúa en consecuencia a ello, y convirtámonos en él. Ambas partes saldrán ganando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario